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Resurse Spaniolă

EL SANTUARIO

El drama de los siglos… EN TRES ACTOS
Acto I
¿Ha visto alguna vez el lector imágenes en las que un pecador trae al altar un animalito para
ser sacrificado? Este ritual se inició con la entrada del pecado al mundo (ver Génesis 4:3, 4),
pero fue siglos más tarde cuando Dios, en el Monte Sinaí, ordenó a Moisés la construcción de
un santuario. Allí se estableció formalmente el sistema de sacrificios (Levítico 4; Éxodo 29-38-
42; Números 28:18), que concluyó cuando Cristo expiró en la cruz y el velo del templo se rasgó
de arriba hacia abajo.
¿Podemos imaginar qué clase de pensamientos se agolpaban en la mente del pecador
mientras colocaba la mano sobre la cabeza del animal, a sabiendas de que, por su pecado,
debía derramar la sangre de una víctima inocente? ¿Qué sentimientos experimentaría cuando,
con su propia mano culpable, degollaba al animal?
Día tras día, año tras año, siglo tras siglo, miles de pecadores repetían el rito. De todos ellos
¿cuántos habrán regresado a su hogar con la convicción de que su pecado había ofendido a un
Dios santo; y, particularmente, que por su pecado un ser inocente debió morir?
Acto II
¿Y qué decir de los que presenciaron la muerte de Cristo en la cruz del Calvario? Juan el
Bautista categóricamente lo había señalado como el “Cordero de Dios” (Juan 1:29).1 Y el
mismo Jesús había anunciado que daría su vida “en rescate por muchos” (Mateo 20:28). ¿Pero
cuántos de los que allí estaban vieron en el Cristo crucificado al Cordero de Dios “que quita el
pecado del mundo”? ¿Cuántos percibieron que la realidad anunciada durante siglos mediante
el sacrificio diario de animales se estaba cumpliendo ante sus ojos?
Año tras año, siglo tras siglo, “muchas veces y de muchas maneras” (Hebreos 1:1), los profetas
anunciaron la llegada de ese día. El día llegó. El verdadero Cordero, “sin mancha y sin
contaminación” (1 Pedro 1:19), fue llevado al matadero y su sangre inocente fue derramada. Y
sin embargo, ¿cuántos regresaron ese viernes a sus casas con la convicción de que por medio
de esa sangre Dios estaba “reconciliando consigo al mundo” (2 Corintios 5:19)?
Acto III
El sistema de sacrificios es cosa del pasado. La cruz del Calvario permanece levantada entre el
cielo y la tierra. El Cordero pascual que murió en la cruz, resucitó al tercer día. Gracias a su
victoria sobre la tumba, ahora oficia como “ministro del santuario, y de aquel verdadero
tabernáculo que levantó el Señor y no el hombre” (Hebreos (8:1, 2). Desde allí, por virtud de su
sangre derramada, puede “salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo
siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25).
1 Todas las citas bíblicas han sido tomadas de la versión Reina-Valera 1960.
El drama de los siglos se acerca a su gloriosa consumación. “Nosotros, a quienes han alcanzado
los fines de los siglos” (1 Corintios 10:11), somos también actores. ¿Cómo podríamos resumir
lo ocurrido hasta ahora en el conflicto entre el bien y el mal?
Dios es santo
El pecado es muerte
La sangre de Cristo es vida.
Que al leer este número especial de PRIORIDADES, se apodere de nosotros la convicción de
que “la sangre de Jesucristo *…+ nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).
Fernando Zabala, director de PRIORIDADES
Me harán un Santuario
“Me harán un Santuario, para que yo habite entre ustedes” Éxodo 25:8, NVI
“En un sentido espiritual, Dios siempre ha buscado morar con los seres humanos y no puede
hallar ‘reposo’ hasta que haya obtenido esa morada (Salmo 132:13-16), primero en el corazón
de cada persona de su pueblo (1 Corintios 3:16, 17; 6:19) y luego en medio de cualquier grupo
que se reúna para adorarle (Mateo 18:20). El sistema cuyo centro era el tabernáculo terrenal
señalaba por adelantado a Cristo, quien más tarde ‘habitó’, o ‘hizo su tabernáculo’, entre los
hombres (Juan 1:14)”. — Comentario bíblico adventista, t. 1. P. 647
EL SANTUARIO SIMBOLIZABA…

  1. La morada de Cristo entre nosotros (Mateo 1:23; Juan 1:1, 14)
  2. Su sacrificio en lugar de nosotros (Isaías 53:4-7; Efesios 1:3-7; Hebreos 13:10-12; 1
    Pedro 1:18, 19)
  3. Su obra intercesora en favor de nosotros (1 Juan 2:1; Hebreos 3:1; 10:12, 19-22)
    Una réplica exacta del modelo
    “El santuario y todo su mobiliario deberán ser una réplica exacta del modelo que yo te
    mostraré” Éxodo 25:9, NVI
    “Mi gloriosa presencia santificará ese lugar” Éxodo 29:43, NVI
    El altar de los sacrificios
    También llamado “altar de los holocaustos” (Éxodo 28:43; 29:12), fue hecho de madera y
    bronce (Éxodo 27:1-6) y tenía 2.56 m de lado por 1.55 de alto.2 Estaba ubicado en el atrio, o
    patio exterior del tabernáculo. La sangre de los animales que allí se derramaba representaba la
    expiación del pecado por medio del sacrificio de Cristo en la cruz.
    La fuente o lavacro
    Fue hecha de bronce (Éxodo 38:8) y se encontraba ubicada en el atrio, entre el altar de los
    sacrificios y la entrada del tabernáculo. Allí los sacerdotes debían lavarse las manos y los pies
    2 Las medidas mencionadas aquí fueron tomadas del Diccionario bíblico adventista.
    (Éxodo 30:17-21; Levítico 8:11). Representaba la limpieza espiritual de nuestros pecados por fe
    en la sangre de Cristo (ver Hechos 22:16; 1 Corintios 6:11; Efesios 5:26; Apocalipsis 7:14)
    La mesa de los panes
    Fue construida de madera de acacia, recubierta de oro puro (Éxodo 25:23-30). Medía
    aproximadamente 0.889 m de largo, por 0.445 de ancho y 0.667 de alto. Estaba ubicada a la
    derecha de la entrada al tabernáculo (el norte). Sobre ella se colocaban doce panes que el
    sacerdote renovaba cada sábado y comía en el Lugar Santo (Levítico 24:5-9). Los panes
    representaban a Jesús, el Pan de vida que descendió del cielo (Juan 6:32-35).
    El candelabro
    Fue hecho de oro puro (Éxodo 25:31) y estaba ubicado hacia el sur del primer departamento
    del tabernáculo (Éxodo 40:24). No se dan su medidas, pero se menciona que consistía de una
    base y un eje principal del que salían seis ramas o brazos cuidadosamente decorados (Éxodo
    25:32-39). Las lámparas permanecían encendidas día y noche (Éxodo 27:20, 21; 30:7,8),
    símbolo apropiado de Jesucristo, la Luz del mundo (Juan 8:12; 9:5; 12:46).
    El altar del incienso
    También llamado “altar de oro” (Éxodo 40:5; 39:38). Fue hecho de madera de acacia
    recubierta en oro (Éxodo 30:1, 3) y estaba ubicado dentro del Lugar Santo, delante del velo
    que separaba el Lugar Santo del Santísimo (Éxodo 30:6; 40:26). Era de menor tamaño que el
    altar de los sacrificios ya que medía 0.53 m de lado por 1.04 m de alto. Sobre este altar el
    sacerdote debía quemar incienso día y noche (Éxodo 30:7, 8). El incienso que ascendía desde
    este altar, con las oraciones del pueblo, representaba la intercesión continua de Cristo en
    nuestro favor (Hebreos 7:24, 25; Apocalipsis 8:4).
    El arca del pacto
    También llamada “arca del testimonio” (Éxodo 26:33; 40:21), era el único mueble dentro del
    Lugar Santísimo (Éxodo 26:34; 30:6). Media aproximadamente 1.30 m de largo por 76 cm de
    ancho y de alto. Estaba construida de madera de acacia recubierta de oro puro por dentro y
    por fuera (Éxodo 25:10, 11). Tenía una cubierta de oro (vers. 17), llamada “el propiciatorio”
    (del hebreo “cubrir”, “perdonar”). Sobre el propiciatorio estaban dos querubines (vers. 18, 22).
    Desde este lugar se manifestaba la presencia de Dios (Éxodo 25:21, 22; Números 7:89). Dentro
    del arca estaban las tablas de piedra con los Diez Mandamientos (Éxodo 25:21; Deuteronomio
    9:9, 11, 15; 10:3, 5). El arca, con las tablas de la ley; y el propiciatorio, símbolo de misericordia,
    representaban el carácter de Dios y su trato con la humanidad: perfecta justicia, perfecta
    misericordia.
    “Dios mismo le dio a Moisés el plano con instrucciones detalladas acerca del tamaño y
    forma, así como de los materiales que debían emplearse y de todos los objetos y muebles
    que había de contener. Los dos lugares santos hechos a mano, habían de ser ‘figura del
    verdadero’, ‘figuras de las cosas celestiales’ (Hebreos 9:23, 24); es decir, una representación,
    en miniatura, del templo celestial donde Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, después de
    ofrecer su vida como sacrificio, habría de interceder a favor de los pecadores. Dios presentó
    ante Moisés en el monte una visión del Santuario celestial, y le ordenó que hiciera todas las
    cosas de acuerdo con el modelo que se le había mostrado”. — Patriarcas y profetas, p. 356
    Dios quiere estar cerca
    Ángel Manuel Rodríguez
    Había sido una larga y agotadora jornada. Finalmente los israelitas habían llegado a un punto
    geográfico muy estratégico. Ahora podían descansar un poco. Se les dio la orden de establecer
    el campamento en los alrededores de un monte. Mientras clavaban las estacas de sus carpas
    podían observar el Sinaí. Allí los israelitas verían la más notable manifestación de la gloria de
    Dios, e incluso podrían escuchar su voz. El Señor vendría para estar en forma visible con los
    suyos (ver Éxodo 19:11).
    El Sinaí llegaría a ser el primer Santuario para los israelitas. Es por eso que en dicho lugar Dios
    instruyó a Moisés lo siguiente: “Me erigirán un Santuario, y habitaré en medio de ellos” (Éxodo
    25:8).
    El Santuario: un lugar para habitar.
    La idea de una deidad habitando en un Santuario o templo no era exclusiva de los israelitas;
    era común en el antiguo Cercano Oriente. En aquel tiempo la imagen de un dios, que según se
    creía contenía una esencia divina, era puesta en los templos para que los adoradores suplieran
    sus necesidades ofreciéndole presentes y sacrificios.
    La creencia popular de que ese dios tenía necesidades físicas similares a los seres humanos,
    hacía que los sacrificios se consideraran como alimentos para los dioses. Al hacer provisión
    para los requerimientos de las deidades residentes, los adoradores pensaban ganar el derecho
    a recibir sus bendiciones.
    Por contraste, el Santuario israelita no fue establecido con el fin de hacer provisión para las
    necesidades físicas del Señor. Al contrario, tenía el propósito de que Dios pudiera proveer a
    las necesidades de su pueblo. Gracias al Santuario, el Señor les brindaba su santa presencia.
    Este acto de condescendencia divina supone que Dios ama a todos, y que no es un Dios cuya
    cólera necesita ser aplacada. Esto quiere decir que el Santuario testifica acerca del amante
    Redentor que desea estar junto a los suyos.
    La Biblia nos enseña que Dios también tiene un Santuario celestial, del cual el tabernáculo
    israelita era una figura (Hebreos 8:1, 2, 5). Juan hace referencia varias veces al Santuario
    celestial (Apocalipsis 11:19; 14:17). El salmista afirma: “Jehová está en su santo Templo;
    Jehová tiene en el cielo su trono” (Salmo 11:4). En el templo del cielo está establecido el trono
    real, porque Dios tiene el propósito de estar junto a las criaturas celestiales (Daniel 7:9, 10;
    Apocalipsis 4:2-7).
    Un lugar de encuentro.
    Poco después del éxodo de Egipto, Dios, por intermedio de Moisés, citó a los israelitas para
    encontrarse con su pueblo al pie del Sinaí (Éxodo 3:12). Dicho monte fue el lugar provisional
    que Dios escogió a fin de encontrarse con los suyos, y una vez que llegaron allí, el Señor les dio
    las instrucciones de construir un Santuario: “Allí me reuniré con los hijos de Israel, y el lugar
    será santificado con mi gloria” (Éxodo 29:43).
    El verbo traducido como “reunir” viene del hebreo ya’ad, que podría traducirse como “venir,
    presentarse, tener un compromiso o una cita”. Estas ideas están íntimamente relacionadas.
    Tener un compromiso implica el deseo de presentarse, de ir al encuentro. El lugar de reunión
    era el Santuario, también llamado “Tabernáculo de reunión” (Éxodo 28:43).
    ¡Qué concepto extraordinario! Los israelitas sabían dónde encontrar a Dios. Para ellos, el Señor
    era un Ser con el cual podían hacer un compromiso o una cita, y tenían acceso a su lugar de
    residencia para encontrarse con él.
    Con el propósito de facilitar el encuentro, el Santuario fue establecido justo en el centro del
    campamento israelita (ver Números 2) y constituía el centro de la adoración de los israelitas
    (Salmo 132:7). Allí se inclinaban ante el Señor y expresaban sus agradecimientos (Salmo
    138:2), oraban a fin de clamar por ayuda y protección (Salmo 28:2), y también entonaban sus
    alabanzas a Dios (Salmo 43:2-4).
    En nuestros días necesitamos revivir el gozo que proporciona la adoración cuando vamos a
    encontrarnos con Dios, y, siendo que el Señor está a nuestro alcance, regocijarnos en su
    presencia.
    Por la misma razón, el Santuario celestial es el lugar donde Dios se encuentra con las otras
    criaturas del Universo. Las imagino desplazándose por el cosmos con el propósito de ir a
    reunirse con el Creador. Job nos cuenta acerca de dos ocasiones cuando “un día acudieron a
    presentarse delante de Jehová los hijos de Dios” (Job 1:6; 2:1).
    Por la fe nosotros también tenemos acceso al Santuario celestial en virtud de los méritos de
    Cristo nuestro Salvador. Gracias a su sangre podemos acercarnos “confiadamente al trono de
    la gracia” (Hebreos 4:16; cf. Hebreos 10:19, 20), lugar donde Jesús ministra a favor de nosotros
    (Hebreos 7:25).
    Lugar desde el cual Dios reina.
    Desde el templo israelita Dios gobernó como rey sobre todos los habitantes de la Tierra
    (Salmos 99:1; 47:7, 8). Desde el Santuario, y particularmente el Lugar Santísimo, Dios daba a
    conocer su voluntad. Desde allí hablaba a Moisés y le daba instrucciones para su pueblo
    (Éxodo 25:22). También se valió de los sacerdotes con el propósito de instruirlos acerca de
    todas las enseñanzas que había revelado a Moisés (Levítico 10:11). Y a veces Dios manifestaba
    su voluntad por intermedio del Urim y del Tumim, dos piedras preciosas que formaban parte
    de la vestimenta del sumo sacerdote (Números 27:21).
    Cuando una persona se arrepentía de haber violado la voluntad de Dios, después de haber
    visto la revelación de su gracia redentora, recibía el perdón en el Santuario. Y era mediante el
    sistema de sacrificios que Dios hacía provisión para que la expiación se realizara (Levítico
    17:11). La persona arrepentida venía con su carga de pecado y salía del Santuario perdonada
    (Levítico 4:31).
    El Santuario israelita era un dinámico centro de vida, poder, bendiciones, protección y perdón,
    en virtud de que Dios habitaba en medio de ellos. Desde allí manifestaba su poder como
    gobernante de la Tierra por ser su rey, su juez y su protector.
    El templo celestial es el lugar desde el cual Dios gobierna, no solamente la Tierra sino el
    Universo entero. Ningún sector de la creación está fuera de su dominio real: “Jehová
    estableció en los cielos su trono y su reino domina sobre todos” (Salmo 103:19).
    Los israelitas sabían de la estrecha relación que había entre el Santuario terrenal y el celestial.
    Este vínculo fue claramente expuesto por Salomón en la plegaria que ofreció en ocasión de la
    dedicación del templo (ver 1 Reyes 8:22-53).
    Resulta muy satisfactorio saber que Dios todavía es el Rey del Universo y que lo gobierna
    desde el Santuario celestial. El hecho de que more entre sus criaturas nos garantiza que el
    amante Rey tiene el cosmos bajo control y que, como lo ha prometido, va a erradicar el mal y
    el pecado. Como juez, Dios es el árbitro moral del Universo y el que también nos proporciona
    la justicia y la misericordia. Con toda confianza podemos acercarnos al trono de la gracia “para
    alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16). Esto es posible
    dado que, gracias a Cristo, Dios nos abrió los portales del Santuario para que podamos
    mantener una relación vital con él.
    Ángel Manuel Rodríguez, doctor en Teología, es director del Centro de Investigación Bíblica de
    la Asociación General, con sede en Silver Spring, Maryland, EE. UU.
    El Santuario Terrenal
    Servicio Diario Servicio Anual
    Levítico 4, Hebreos 9
    Se ofrecían dos servicios diarios (Éxodo
    29:38-42; Números 28:1-8)
    Levítico 16, Números 29:7-11; Éxodo 30:10;
    Hebreos 9
    El día 10 del séptimo mes
  4. El pecador trae su ofrenda al tabernáculo,
    coloca su mano sobre la cabeza de la víctima
    y la degüella (Levítico 4:29).
    [Levítico 5:5 menciona que el pecador debía
    también confesar su pecado.]
  5. El sacerdote rocía parte de la sangre sobre
    los cuernos del altar y derrama el resto al pie
    del altar (4:30).
  6. El sacerdote coloca la grasa de la víctima
    sobre el altar y la hace arder hasta que se
    consuma (4:31).
    [Cuando el pecado era del mismo sacerdote, o de
    todo el pueblo, el sacerdote llevaba la sangre de
    la víctima al Lugar Santo del Santuario y la rociaba
    siete veces delante del velo (ver Levítico 4:5, 6,
    16, 17).]
  7. El Sumo sacerdote entra al Santuario (Levítico
    16:1-4).
  8. Ofrece ofrendas por el pecado y holocaustos
    por el pueblo y echa suertes sobre el macho
    cabrío (16:5-10).
  9. Hace ofrenda por su pecado y por su casa y
    lleva la sangre y el incienso al Lugar Santísimo
    (16:11-14).
  10. Mata el macho cabrío del Señor y hace
    expiación por el Lugar Santo y Santísimo
    (16:15-17).
  11. Hace expiación por el altar del holocausto con
    la sangre mezclada del becerro y el macho
    cabrío (16:18, 19).
  12. Coloca ambas manos sobre la víctima
    propiciatoria, le transfiere todas las
    transgresiones de Israel y la envía al desierto
    (16:20-22).
  13. Se cambia de vestiduras, se lava, ofrece
    sacrificio por él y por el pueblo, y quema el
    becerro fuera del campamento (16:23-28).
    Comentario bíblico adventista, t.1, pp. 709-711; 718, 719.
    ¿Qué hace Jesús ahora en el cielo?
    Sabemos que Jesús murió en la cruz a fin de garantizar nuestra vida eterna. También sabemos
    que muy pronto vendrá para llevarnos al hogar celestial por toda la eternidad. Pero se ha
    preguntado ¿Qué hace Cristo en este mismo momento?
    Desde el Santuario celestial Cristo es…
    Mediador
    … el único camino al Padre (1 Timoteo 2:5). Aparte de Cristo, nadie más puede
    mediar entre Dios y el ser humano. Desde el Santuario “vive siempre para
    interceder” por nosotros (Hebreos 7:25). Esta función es la garantía de nuestras
    oraciones, pues “todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre el de Cristo+, os lo dará” (Juan 16:23). Sumo Sacerdote … nuestro Sumo Sacerdote “para expiar los pecados del pueblo” (Hebreos 2:17). Como tal, se compadece de “nuestras debilidades” y nos socorre ante ellas (4:14, “Al igual que el Santuario terrenal, el Santuario celestial fue establecido para hacer frente al problema del pecado. Cristo comenzó su obra mediadora luego de su resurrección y antes de que ascendiera cuarenta días más tarde. Estaba preparado para asumir su ministerio sacerdotal por haber obtenido la redención para nosotros mediante su sangre (Hebreos 9:12)”. —- Comentario bíblico adventista, t. 1, p. 648 15). Es el ministro del Santuario celestial (8:1-2; 9:11). Esta es una prerrogativa exclusiva de Cristo. Ningún ser humano puede reclamar esta posición. Abogado … no solo un intermediario entre Dios y los hombres, sino también representante. El Santuario no solo era un lugar de perdón; era un lugar de juicio. Como se realiza un juicio en el Santuario, necesitamos a alguien que nos defienda. Ese defensor es Cristo. En este momento él está abogando en nuestro favor (1 Juan 2:1). Juez … nuestro juez. Desde el Santuario Jesús dará la sentencia final contra este mundo (Apocalipsis 15:8; 16:1). De allí saldrá a “destruir a los que destruyen la tierra” (Apocalipsis 11:17, 18). Pero se nos garantiza que Cristo, como juez, no condenará a los que hayan entregado su vida a él (Romanos 8:1). Sumo Sacerdote de un nuevo pacto “Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, aquel que se sentó a la derecha del trono de la Majestad en el cielo, el que sirve en el santuario, es decir, en el verdadero tabernáculo levantado por el Señor y no por ningún ser humano. A todo sumo sacerdote se le nombra para presentar ofrendas y sacrificios, por lo cual es necesario que también tenga algo que ofrecer. Si Jesús estuviera en la tierra, no sería sacerdote, pues aquí ya hay sacerdotes que presentan las ofrendas en conformidad con l a ley. Estos sacerdotes sirven en un santuario que es copia y sombra del que está en el cielo, tal como se le advirtió a Moisés cuando estaba a punto de construir el tabernáculo: ‘Asegúrate de hacerlo todo según el modelo que se te ha mostrado en la montaña’. Pero el servicio sacerdotal que Jesús ha recibido es superior al de ellos, así como el pacto del cual es mediador es superior al antiguo, puesto que se basa en mejores promesas”. – Hebreos 8:1-6, NVI. “He aquí el Cordero de Dios” Julio C. Flores Nuestra comprensión de la salvación ofrecida por Jesús se amplía cuando leemos de las ofrendas que se realizaban en el Santuario terrenal. Cada ofrenda estaba destinada a mostrar una dimensión diferente del sacrifico que Jesús realizaría por la humanidad. El propósito de las ofrendas Debido a la desobediencia del ser humano los sacrificios de animales llegaron a ser parte del ritual de adoración que debía ser presentado a Dios, y cumplirían los siguientes propósitos: Mantener siempre presente que el pago de la desobediencia es la muerte. Recordar que la transgresión de la ley divina hizo necesario el sacrifico de Cristo. Comprender que Dios iba a resolver el problema de la desobediencia a través de un sustituto y no a través de acciones humanas. Aprender: humildad, arrepentimiento y confianza en Dios a través del Redentor prometido.3 Con el tiempo los sacrificios tomaron el sentido de calmar la ira de un dios ofendido y violento. Todo esto hizo que se perdiera el concepto de la bondad de Dios, estableciéndose así las bases para el surgimiento de un tipo de adoración que existe hasta hoy. Sin embargo, cuando la orden de construir el Santuario fue dada a Moisés, junto con ella fueron dados los modelos de sacrificios y ofrendas que conducirían a la gente a los objetivos fundamentales que habían sido distorsionados por el ser humano.4 3 Elena G. de White, Cristo en su Santuario (Miami, Florida: Asociación Publicadora Interamericana), pp. 25, 26. 4 Véanse los primeros siete capítulos del libro de Levítico. Las ofrendas y su significado Cada vez que deseamos enseñar una gran lección usamos la ayuda de ilustraciones. Pero ¿Cómo representar todo el significado de la obra de Jesús de una sola manera? Un solo sacrificio no representaría todo lo que Dios quería enseñar; por lo tanto, ordenó varios sacrificios para señalar diferentes aspectos del plan de salvación. Los holocaustos La característica principal del holocausto era su consumación total. Ninguna porción podía ser comida por sacerdotes o adoradores como ocurría con otras ofrendas. La ofrenda de los holocaustos representaba el acto de Jesús de entregarse en forma completa por los pecadores aunque ellos no reconocieran su sacrificio. Un ejemplo bíblico ilustra la situación: “Y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días” (Job 1:5). Job hacía los holocaustos para pedir la gracia de Dios para sus hijos. Su motivación eran los posibles errores cometidos por ellos y que él desconocía. La oportunidad de salvación fue ofrecida para toda la humanidad, no por lo que somos ni por lo que hemos hecho. Fue un acto de Dios en beneficio del hombre. El Señor Jesús murió por todos para que estemos cubiertos con su gracia. Es como dice Juan 3:16: “…+ para que todo
    aquel que en él crea, no se pierda, mas tenga vida eterna”. El sacrifico de Jesús fue hecho para
    darte la oportunidad de salvación a ti también.
    Las ofrendas de paz
    El sustituto del hombre cumpliría la restauración por parte de Dios, pero el hombre mismo
    tenía que cumplir la parte de aceptar ese sustituto. Esta era una decisión voluntaria. Dios
    resolvió el error humano – la separación y enemistad ocurridas por la desobediencia – a través
    de una ofrenda. Pero la ofrenda no la puso el hombre, la puso Dios, a pesar de que él era el
    ofendido. Dijo el apóstol Pablo: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por
    medio de nuestro Señor Jesucristo; *…+ porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con
    Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida”
    (Romanos 5:1, 10).
    Las ofrendas por el pecado
    Se caracterizaban por hacer una sustitución, pues se castigaba a un ser inocente por los
    errores cometidos por otra persona. Bien lo dijo Juan el Bautista refiriéndose a Jesús: “He aquí
    el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Lo más impactante es que Dios
    cargó esa culpa sobre sí mismo. Él era el ofendido y se colocó como el culpable. Dios entregó a
    su Hijo para que fueras perdonado y tuvieses la oportunidad de empezar de nuevo. No
    importa cuántas veces caigas, lo importante es que se ha hecho provisión para tus errores, si
    quieres reconocerlos, creer y pedir perdón a través de Jesús.
    Las ofrendas expiatorias
    La Biblia menciona varias faltas que requerían este tipo de ofrenda:
  14. Pecar contras las cosas santas por yerro;
  15. Transgredir un mandamiento de Jehová y
  16. Acciones tales como robar, calumniar, negar haber encontrado algo que pertenecía a
    otra persona, jurar en falso.5
    La buena nueva que nos trae la ofrenda de expiación es que Dios está dispuesto a perdonarnos
    a pesar del daño grande o el dolor intenso causado a alguien: a pesar de lo irreverentes que
    hayamos sido con el Nombre de Dios y con las cosas sagradas. Jesús dio su vida en expiación
    para lograr la redención de los hombres y mujeres que reconozcan sus faltas; y para
    restaurarlos al plan original de Dios para la humanidad.
    Conclusión
    Dios busca nuestro bienestar a pesar de que constantemente rechacemos su bondad. Aunque
    sabía de antemano la actitud que asumiríamos ante el plan de salvación, el Padre siguió
    adelante enviando a su Hijo como ofrenda por nosotros.
    El amor de Dios es incomprensible, pero al reflexionar en ese amor, como lo muestran las
    ofrendas del Santuario, nos toca muy adentro y nos suaviza el orgullo con el que reaccionamos
    regularmente ante su llamado.
    Dios te llama una vez más a que aceptes a Jesús como el Sustituto, el Reconciliador, el
    Intercesor. ¿Cómo reaccionarás ante su gran amor? Te animo a que abras hoy tu corazón a
    Jesús.
    Julio C. Flores posee una maestría en Ministerio Pastoral.
    Reside en Rockingham, Carolina del Norte, donde sirve como pastor.
    Las Ofrendas del Santuario
    Ofrenda Naturaleza Propósito Significado
    Holocaustos
    Éxodo 29:38-42;
    Levítico 1
    Ofrendas individuales y
    en ocasiones de toda la
    congregación.
    Adoración, dedicación. Sacrificio perfecto de
    Cristo.
    Sacrificios de paz
    Levítico 3; 7:11-21;
    19:5-8; 23:17-20
    Votos y ofrendas de
    agradecimiento.
    Expresar gratitud,
    buena voluntad y
    fraternidad.
    Reconciliación entre
    Dios y el ser humano.
    Ofrendas por el pecado
    Levítico 4;
    Números 15:22-29.
    Pecados por ignorancia. Expiación por pecados
    cometidos contra Dios.
    Carácter aborrecible
    del pecado, sacrificio
    de Cristo.
    Ofrendas por la culpa
    Levítico 5:15, 17; 6:1-7
    Pecados conocidos. Generalmente, para
    expiar pecados contra
    el prójimo.
    Carácter aborrecible
    del pecado, sacrificio
    de Cristo.
    Comentario bíblico adventista, t. 1, pp. 710-716. Diccionario bíblico adventista, pp. 1023-1027
    5 Véase Levítico 5:15, 17, 18; 6:2-7.
    Un Canto Al Santuario
    Richard M. Davidson
    Si usted pudiera hacerle una sola petición al Señor, y tuviera que definir un único objetivo para
    su vida, ¿Cuál escogería? En su mente aparecerían con certeza muchas opciones. Sin embargo,
    en la Biblia figura una respuesta sorprendente a esta pregunta. David lo define con claridad en
    el Salmo 27:4: “Una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré; que esté yo en la casa de
    Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová”.
    El singular enfoque de David está centrado en la “casa de Jehová”: ¡El Santuario! Cuando David
    escribió este salmo, era un “fugitivo que tenía que buscar refugio en las rocas y las cuevas del
    desierto”.6 Su mayor anhelo era estar continuamente en el Santuario en la presencia del
    Señor.
    Las Escrituras están saturadas con elementos del Santuario. Unos 90 capítulos del Antiguo
    Testamento están dedicados íntegramente al tema, sin mencionar los 150 salmos que
    componen el himnario del culto ni las numerosas referencias esparcidas en el texto bíblico
    acerca del Santuario. En los evangelios y en las epístolas, el Mesías es proclamado con
    frecuencia como la realidad que el Santuario y sus servicios presentan en forma de símbolos. El
    ministerio terrenal de Jesús, la pasión y su posterior servicio celestial, son descritos
    extensamente en el lenguaje del Santuario. En el apocalipsis, cada una de las principales
    secciones comienza con una escena del Santuario; todo el libro contiene referencias a este
    asunto vital.
    ¿Cuál es la naturaleza del Santuario que David buscó y que el antiguo Israel aceptó? Hace poco
    me gocé al ver cómo David en el singular “canto al Santuario”, el Salmo 27, condensó los
    elementos distintivos del mensaje del Santuario y las vivencias espirituales que nos permite
    experimentar. En el proceso David revela cómo el mensaje del Santuario corresponde a la
    triple estrella de la experiencia personal que los filósofos resumen en tres palabras: la
    hermosura, la verdad y la bondad. David encuentra que el Santuario personifica todo esto.
    La hermosura
    En el Salmo 27:4 figura el primer objetivo que tuvo David en la experiencia del Santuario: “Para
    contemplar la hermosura de Jehová”. La palabra hebrea traducida aquí como “hermosura”
    representa mucho más que la dimensión abstracta de las formas estéticas. Es un término
    6 Elena de White, La Educación, p. 164.
    dinámico que describe la hermosura que impacta al espectador pos su encanto y belleza; la
    hermosura con poder emotivo que invita a disfrutar de una experiencia estética. David
    anhelaba contemplar la hermosura del Señor en el Santuario. El salmista escribe por doquier:
    “Poder y gloria en su Santuario” (Salmo 96:6). “Adorar a Jehová en la hermosura de la
    santidad” (Salmo 29:2).
    Mientras era estudiante de Teología en el seminario, la primera visión que capté, la hermosura
    de la santidad del Señor en su Santuario celestial, fue en Isaías 6; y como pastor principiante,
    con todo el “primer amor” respecto a la comprensión de la justificación por la fe, fui
    introducido a la estética del evangelio mediante los símbolos de los servi cios del Santuario del
    Antiguo Testamento.7
    La hermosura del evangelio en la tipología del Santuario ha continuado brillando en mis
    estudios y ahora, con más intensidad, en la medida que percibí cómo los símbolos del Antiguo
    Testamento prefiguran el sacrificio de Jesús y su ministerio como Sumo Sacerdote en el
    Santuario celestial.8 Me alegra sobremanera descubrir que cada símbolo se cumple, no solo en
    forma objetiva en Jesús, sino también cómo nosotros estamos “en Cristo” participando en
    forma personal en su cumplimiento.
    ¡El Santuario es un baluarte de hermosura!
    La Verdad
    Por supuesto que la dimensión estética no es el todo. Además de “contemplar la hermosura de
    Jehová”, David también quería “inquirir en su templo” (Salmo 27:4). La expresión hebrea
    traducida por “inquirir es baqar, palabra rara en el Antiguo Testamento, pero muy rica en
    contenido. Se refiere no solo al hecho de la indagación, sino también a la reflexión intelectual,
    a la búsqueda diligente, al examen detallado de las evidencias con el propósito de determinar
    la verdad sobre un asunto. El mensaje del Santuario no es sólo una experiencia que impacta
    por su belleza, sino también una búsqueda diligente y reflexiva de la verdad.
    La verdad presente del mensaje del Santuario se concentra particularmente en los libros
    apocalípticos de Daniel y Apocalipsis. Sus mensajes están dirigidos especialmente a los que
    vivimos los últimos días de la historia terrenal. El Santuario constituye el corazón en cada uno
    de esos libros.
    7 Resultaron especialmente influyentes los estudios de Leslie Hardinge, disponibles en su libro, With
    Jesus in His Sanctuary, [Con Cristo en su Santuario], (Harrisburg, American Cassette Ministries, 1991).
    8 Richard M. Davidson, Typology in Scripture, [La Tipología en la Biblia], (Berrien Springs, Andrews
    University Press, 1981).
    ¡El Santuario es un templo a la verdad!
    La bondad
    Sin embargo, no es suficiente conformarse con ver la hermosura y la verdad del Santuario. El
    tabernáculo es más que un tema de estudio para ejercitar la mente por efecto de la
    contemplación estética o la estimulación intelectual. ¿Cuál es entonces la importancia de la
    doctrina del Santuario?
    David plantea esta pregunta en los versículos 5 y 6 del Salmo 27. Dice “porque” (en hebreo ki):
    Aquí reside la aplicación práctica del mensaje del Santuario aplicado a su propia experiencia:
    “Porque él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de
    su morada; sobre una roca me pondrá en alto. Luego levantará mi cabeza sobre mis enemigos
    que me rodean”. Escribió este salmo mientras huía del rey Saúl. El rey y su ejército, enemigos
    de David, eran testigos maliciosos (ver el vers. 12), que acusaron a David de insurrección
    contra el gobierno. Desesperadamente necesitaba protección “en el día del mal”. También
    necesitaba vindicación contra los cargos falsos que le imputaban. Para David, el mensaje del
    Santuario significaba una promesa de protección en la tienda de Dios y también una
    vindicación en su tabernáculo.
    La experiencia de David en los términos de protección y vindicación aparece en el versículo 13:
    “la bondad de Jehová”. Dicho pensamiento expresado en forma espontánea inspira a David a
    disfrutar de la experiencia de una alabanza gozosa: “Y yo sacrificaré en su tabernáculo
    sacrificios de júbilo; cantaré y entonaré alabanzas a Jehová” (vers. 6).
    ¡El Santuario es un lugar para la alabanza y la adoración!
    El Santuario: Una Experiencia Esencial
    Por todo lo que se ha dicho acerca de la importancia del Santuario, tenemos que evitar que el
    aspecto más descollante de la doctrina sea el Santuario mismo.
    El tema central del salmo está en las siguientes expresiones:
    Tú dijiste: “Buscad mi rostro”. Mi corazón dice: “Tu rostro buscaré, oh Jehová” (vers. 8).
    El propósito esencial del Santuario es que el adorador establezca una relación personal con
    el Dios del Santuario. Ello quedó bien definido cuando Dios entregó las instrucciones para la
    construcción del tabernáculo terrenal: “Y harán un Santuario para mí, y habitaré en medio de
    ellos” (Éxodo 25:8). El Santuario celestial es el lugar donde Cristo está ministrando ahora a
    favor nuestro; él nos invita a entrar por la fe en los recintos sagrados para que busquemos “su
    rostro”. Nos invita a que “nos sentemos en los lugares celestiales” (Efesios 2:6) en la casa del
    Señor. El Santuario es más que un objeto hermoso, una doctrina verdadera, un
    comportamiento correcto, un verdadero festival de alabanza. Es la manera de vivir en
    constante e íntima relación con el Amado en su santa presencia en los lugares celestiales. Por
    la fe podemos entrar ahora. También por la fe podemos buscar su presencia con el propósito
    de experimentar una relación personal con Jesús, mientras aguardamos la consumación de
    todo. Como David lo hizo, nos inspiramos en las palabras finales del Salmo 27: “Aguarda a
    Jehová; esfuérzate y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová” (vers. 14).
    (Este es un resumen de un artículo originalmente publicado en Adventis Review. Se reproduce con la autorización del
    autor.)
    El Dr. Richard M. Davidson es director del Departamento de Antiguo Testamento y profesor de
    Exégesis en el Seminario Teológico de la Universidad Andrews, Berrien Springs, Michigan, USA.
    Solo él puede declarar: “¡SIN CULPA!”
    “El Inmaculado Hijo de Dios pendía de la cruz: su carne estaba lacerada por los
    azotes; aquellas manos que tantas veces se habían extendido para bendecir, estaban
    clavadas en el madero; aquellos pies tan incansables en los ministerios de amor
    estaban también clavados a la cruz; esa cabeza real estaba herida por la corona de
    espinas; aquellos labios temblorosos formulaban clamores de dolor …+. El que calmó las airadas ondas y anduvo sobre la cresta espumosa de las olas, el que hizo temblar los demonios y huir a la enfermedad, el que abrió los ojos de los ciegos y devolvió la vida a los muertos, se ofrece como sacrificio en la cruz, y esto por amor a ti”.
    ¿Podemos leer estas palabras sin exclamar: “¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre!”
    (1 Juan 3:1)?
    Nuestro Abogado pagó el costo que implicaba el privilegio de representarnos ante la
    corte original llamada Santuario. No importa lo que hayamos hecho, sea lo que fuere,
    él está dispuesto a ayudarnos para vencer nuestros pecados. Jesús es el único que
    puede hacerlo; él es el Tesoro del Santuario. Jesús es el único que puede declarar:
    “¡SIN CULPA!”. — Shirley Burton.
    *El Deseado de todas las gentes, pp. 703, 704.
    El Santuario Lugar de Bendición
    Josney Rodríguez
    Cristo es el gran Sumo Sacerdote o Mediador en el Santuario celestial, con el propósito de que
    todos los que tengan fe en él reciban los beneficios de su sacrificio.
    “¡Estoy cansado!”, añadió tras enjugar algunas furtivas lágrimas que humedecieron sus ojos y
    resbalaron suavemente sobre sus mejillas sin afeitar. Miró hacia el suelo ocultando su mirada,
    y, rápidamente, secó su mejilla con el borde de la manga de la camisa. “¡Ya no quiero seguir
    viviendo! Soy un fracaso. ¡Nada de lo que hago me sale bien!”
    Su matrimonio había fracasado. Más de tres décadas de su vida pasaron fugaces, con todo su
    acopio de sueños frustrados, humillantes caídas, una invencible pobreza y ahora, por si fuera
    poco, una insoportable enfermedad. No quería permanecer prisionero de tan desdichada
    condición, de vergüenza personal y familiar. Abrumado, añadió: “¡La muerte sería un
    descanso! ¡Dios rehúsa escucharme y prodigarme su bendición!”
    Sin duda, este hombre quería cambiar su vida. Pero, ¿Cómo podía corregir sus errores? ¿Cómo
    trocar el estío de su vida? Ernesto Sábato escribió: “Aunque terrible es comprenderlo, la vida se
    hace en borrador y no nos es dado el corregir sus páginas”.9 Es el drama de la humanidad
    entera. Hoy día son muchos los que, buscando el éxito, parecen vivir bajo la férrea dictadura
    del destino implacable. Parecen condenados y desheredados del favor divino. Sin embargo, la
    Palabra de Dios ofrece un mensaje de esperanza para todo ser humano. ¡Es posible recibir la
    bendición de Dios! ¡Eliminar las páginas emborronadas del pasado y cambiar nuestro futuro!
    Bendecidos, ¿Por qué no?
    Este proceso de cambio de condición se inicia con el conocimiento del verdadero problema. El
    profeta Isaías afirmó que la vida de desobediencia distancia al hombre de Dios. Él escribió:
    “Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados
    9 Ernesto Sábato, Antes del Fin (Barcelona, España: Seix Barral, 2002), p. 93.
    han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” ( Isaías 59:2). ¿Cómo se soluciona esta
    desventurada separación? ¿Puede la impotencia humana solucionar la situación?
    Otra verdad es que el hombre no puede por sí mismo cambiar su condición. Son muchos los
    que han perseguido la falacia de solucionar los problemas por su propio esfuerzo para alcanzar
    finalmente la única y suprema conclusión: ¡Solo Dios puede hacerlo! “Separados de mí nada
    podéis hacer” (Juan 15:5), aseguró Cristo a sus discípulos. Por lo tanto, si el hombre ha de
    encontrar una respuesta, debe hacerlo en el ámbito divino.
    ¿Cuál es la solución divina?
    La Biblia muestra que Dios ordenó hacer un Santuario (Éxodo 25:8), también llamado el
    “tabernáculo de reunión” (Levítico 1:5). A ese sitio acudía, ansioso y decidido, el ofensor y
    culpable, en busca de eliminar la distancia con Dios y de encontrar el favor divino. En el
    Santuario dos eventos dominaban la sagrada escena de reunión del pecador con Dios. Uno era
    la muerte de un animal, cuya inocente vida era arrebatada en lugar del pecador culpable. El
    hombre, culpable y tembloroso, colocaba su mano sobre el animal y confesaba sus pecados.
    Luego, con un cuchillo, quitaba la vida al animal. Este sacrificio expiatorio era la única forma
    como el hombre quedaba libre de la culpa y castigo. ¡Otro asumía su lugar!
    El segundo evento era el acto mediador del sacerdote. El sacerdote se presentaba por el
    pecador delante de Dios, con el fin de solicitar que los beneficios del sacrificio expiatorio
    fuesen aplicados al penitente. Su vida, llena quizás de muchos fracasos y errores, era
    perdonada en virtud de la muerte de otro en su lugar. Su condición era cambiada de culpable a
    inocente, de pecador a santo.
    Esta transacción, admirable y gratuita, cambiaba la condición desventurada del hombre
    delante de Dios, ¡y le devolvía el favor y la bendición divinos! La resolución del conflicto entre
    el hombre y Dios concluía con el establecimiento o renovación de un pacto con Dios. Tal pacto
    suponía el cumplimiento maravilloso de todas las promesas de bendición de Dios sobre sus
    hijos.
    Estos actos o eventos, realizados en el Santuario terrenal, representaron a Cristo, quien
    cumpliría ambas funciones y establecería un mejor pacto con sus hijos. Fue Jesús, “el Cordero
    de Dios”, la auténtica y legítima solución divina para que el hombre pudiera encontrar la
    aprobación y bendición de Dios. En primer término, Cristo ocupó el lugar de la víctima
    inocente y llevó el castigo al morir en la cruz por los pecados de todos los seres humanos. En
    segundo lugar, Cristo es el gran Sumo Sacerdote o Mediador en el Santuario celestial, con el
    propósito de que todos los que tengan fe en él reciban los beneficios de su sacrificio. Lo más
    hermoso del sacrificio de Jesús es que propicia una relación de pacto con Dios. Fue esto lo que
    quiso decir el escritor de Hebreos cuando escribió: “Por tanto Jesús es hecho fiador de un
    mejor pacto *…+ por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a
    Dios. Viviendo siempre para interceder por ellos” (7:22, 25).
    ¡Qué maravilloso mensaje! Hay un lugar y una manera como el hombre, cuya vida discurre por
    la ruta del dolor, las equivocaciones y el desamparo, pueda ser prohijado por el amor y la
    bendición.
    El Santuario celestial, lugar de bendición
    El Santuario celestial, donde Cristo como Sumo Sacerdote se “sentó a la diestra del trono de la
    majestad de los cielos” (Hebreos 8:1), es el lugar donde el pecador liberado de su culpa, puede
    recibir ahora la bendición de Dios. Fue el mismo Cristo quien prometió: “el que viene a mí, no
    le hecho fuera” (Juan 6:37).
    Puede ser que los honores y las condecoraciones de la vida hayan sido esquivos, e impotente
    tu esfuerzo por escapar de las emboscadas de la culpa y el fracaso. Aunque resistir parezca
    absurdo e inútil, la palabra te invita a creer otra vez. Abandona tu condición de naufrago sobre
    precarios restos de madera de tu propio esfuerzo, en el mar de las fatalidades de la vida, y
    acércate con fe al Santuario celestial. Jesús intercederá por ti. ¡El te salvará!
    Al concluir el Sacerdote su obra por el pecador, se ubicada en la puerta del Santuario y, con sus
    manos en alto, pronunciaba su bendición sobre el otrora pecador: “Jehová te bendiga y te
    guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce
    sobre ti su rostro y pongo en ti paz” (Números 6:24-26).
    ¿Por qué no recibir hoy también su bendición?
    Josney Rodríguez es secretario de la Unión Venezolana – Antillana de los Adventistas del
    Séptimo Día, con sede en Barquisimeto, Venezuela
    Un Dios de Relaciones
    Alejo Aguilar Gómez
    Por cuanto la verdadera religión tiene que ver con relaciones restauradas, entender lo que
    Dios nos ha revelado mediante el Santuario es muy esclarecedor.
    Dios entre nosotros: Acerquémonos a él
    El intento divino por morar entre los suyos halla su mejor expresión, probablemente, en las
    siguientes palabras: “Y harán un Santuario para mí, y habitaré en medio de ellos” (Éxodo 25:8).
    Dado el muro de separación que provocó el pecado entre Dios y el ser humano, dicha iniciativa
    vino a ser la mejor forma que nuestro Creador encontró para continuar en una relación tan
    estrecha como fuera posible con sus hijos.
    Si bien ninguna construcción podrá jamás ser suficiente como para “contener” a Dios (1 Reyes
    8:27), el Santuario habría de ilustrar de manera correcta de acercarse a quien, desde la
    creación, ya había decidido habitar entre sus criaturas. De allí que, al comparar el Santuario y
    el jardín del Edén, pueden notarse algunas similitudes sumamente interesantes.
    Aparte que ambos lugares están relacionados con el oriente (Génesis 2:8; Éxodo 27:13-16), el
    relato bíblico nos habla de tres de sus subdivisiones en las que Dios y sus criaturas se
    relacionarían. En este contexto, la tierra, el Edén y los árboles plantados “en medio del huerto”
    (el de la vida y el del conocimiento del bien y del mal) corresponderían con las tres divisiones
    del Santuario: el atrio, el Lugar Santo y el Lugar Santísimo, siendo los últimos, en ambos casos,
    también los accesos más restringidos. Por otro lado, tal como la creación fue llevada a cabo en
    seis días, Moisés también dividió en seis partes las instrucciones referentes a la construcción y
    funcionamiento del Santuario (ver Éxodo 25:1; 30:11, 17, 22, 34; 31:1).
    Así mismo el hecho de que ambos relatos destaquen la cercanía de la presencia divina durante
    el “séptimo día” (Génesis 2:2-3; Éxodo 24:16), resalta nuevamente la importancia que el Señor
    concede a las relaciones y, sobre todo, al momento exacto de las mismas.
    Como lugares designados divinamente para convivir y estar juntos, y pese a que el hombre
    estropeo su primera oportunidad al respecto, tanto el Edén como el Santuario nos invitan a
    acercarnos sin demora al mismo Dios de la creación, quien anhela vehemente habitar entre
    nosotros.
    Dios con nosotros: Aceptemos lo que ha hecho por nosotros
    El plan para restaurar las relaciones entre Dios y el hombre alcanzó su clímax cuando Dios
    mismo se hizo hombre: “en el principio era el verbo, y el verbo era con Dios, y el verbo era
    Dios *…+. Y aquel verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:1, 14).
    De allí lo significativo del nombre que el hijo de Dios recibiría al encarnarse: “y llamarán su
    nombre Emmanuel, que traducido quiere decir: Dios con nosotros” (Mateo 1:23).
    Por eficiente, didáctico y relevante que fuese el Santuario, resulta obvio que no pudo derribar
    por completo la barrera de separación entre Dios y el hombre, razón por la que el Creador
    decidió irrumpir personalmente en la historia humana. Puesto que llegó a ser Dios con
    nosotros, su presencia vino a revelarnos entre otras cosas, que el significado más profundo del
    Santuario y sus ritos lo señalaban a él (Mateo 12:6).
    Quien había tenido que dar muerte a un ser inocente para vestir con su piel a Adán y a Eva con
    su pecado (Génesis 3:21), aquel que enseñó mediante los símbolos del Santuario y durante
    generaciones que la única forma de alcanzar perdón es mediante la muerte de un sustituto,
    también decidió tomar sobre sí la naturaleza humana, revelándose como el auténtico “Cordero
    de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).
    De ahí la descripción del profeta Isaías: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como
    cordero fue llevado al matadero *…+. Mas él herido fue por nuestras rebeliones *…+ y por su
    llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:7,5).
    Semejante cuadro de entrega y amor no solo no muestra cuánto estuvo Dios dispuesto a hacer
    por nosotros, sino también cuánto desea que aceptemos su sacrificio a favor nuestro. Por lo
    tanto, siendo que la salvación es, en esencia, la restauración de las relaciones entre Dios y el
    hombre, la mejor forma de entenderla y disfrutarla plenamente se da cuando aceptamos
    diariamente que Dios habite con nosotros.
    Dios y nosotros: Preparémonos para la eternidad
    Si bien los rituales del Santuario eran muchos, su mensaje puede resumirse en las palabras del
    apóstol Juan: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros
    pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Tal como antaño, la fórmula para
    restaurar nuestras relaciones con Dios sigue siendo la misma, incluye los mismos elementos.
    Así como el servicio diario y continuo del Santuario hallaba su culminación y glorioso desenlace
    en el día de la expiación (ver Levítico 16), nuestro Dios no terminará su obra de perdón y
    salvación en nosotros, sino hasta el día que nos limpie de “toda maldad”.
    Tiene que ser así debido al carácter y naturaleza de su proceder (Filipenses 1:6).
    Cuando llegue ese glorioso momento, quienes hayamos hecho de Cristo nuestro único garante
    y suficiente Salvador, quienes hayamos permitido que los poderosos méritos de su sangre
    hayan limpiado no solo nuestro historial, sino nuestra vida entera, recuperaremos el privilegio
    de ver a Dios y convivir con él cara a cara: “Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén,
    descender del cielo *…+. Y oí una gran voz del cielo que decía: he aquí el tabernáculo de Dios
    con los hombres, y el morará con ellos” (Apocalipsis 21:2,3).
    Cuando dichas relaciones sean restauradas eternamente comprenderemos aún mejor como
    es que un Dios tan grandioso pudo condescender al grado de venir en nuestra búsqueda. Ese
    día, por lo tanto, no habrá más necesidad de Santuario, puesto que su función será
    reemplazada por la gloriosa realidad de la presencia de Dios en compañía de su pueblo: “Y no
    vi en ella templo; porque el Señor Dios todopoderoso es el templo de ella y el Cordero”
    (Apocalipsis 21:22).
    Siendo la “nueva Jerusalén” un cuadrado perfecto, como el Lugar Santísimo (Apocalipsis 21:16;
    Éxodo 16:15-23), la visión que la describe nos recuerda que dicha ciudad tiene que ver con
    Dios y nosotros. Porque cuando estemos ante la misma presencia de Dios, entenderemos aún
    mejor las palabras del salmista: “Una cosa he demandado a Jehová y esta buscaré: que esté yo
    en la casa de Jehová todos los días de mi vida” (Salmo 27:4). ¿Desaprovecharemos semejante
    oportunidad?
    El doctor Alejo Aguilar es el coordinador de la carrera de Teología en la Universidad de
    Navojoa, Sonora, Mexico.
    Sacerdote Para Siempre
    “El Señor ha jurado, y no cambiará de parecer: ‘Tú eres sacerdote para siempre’”.
    “Ahora bien, como a aquellos sacerdotes la muerte les impedía seguir ejerciendo sus
    funciones, ha habido muchos de ellos; pero como Jesús permanece para siempre, su
    sacerdocio es imperecedero. Por eso también puede salvar por completo a los que por medio
    de él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos. Nos convenía tener un
    sumo sacerdote así: santo, irreprochable, puro, apartado de los pecadores y exaltado sobre los
    cielos. A diferencia de los otros sumos sacerdotes, él no tiene que ofrecer sacrificios día tras
    día, primero por sus propios pecados y luego por los del pueblo; porque él ofreció el sacrificio
    una sola vez y para siempre cuando se ofreció el a sí mismo” (Hebreos 7:21-28, NVI).
    “Hay un Santuario en el cielo…
    … el verdadero tabernáculo que el Señor erigió y no el hombre. En él Cristo ministra a nuestro
    favor, para poner a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio
    ofrecido una vez y para siempre en la cruz. Llegó a ser nuestro gran Sumo Sacerdote y
    comenzó su ministerio intercesor en ocasión de su ascensión. En 1844, al concluir el período
    profético de los 2,300 días, entró en el segundo y último aspecto de su ministerio expiatorio.
    Esta obra es un juicio investigador que forma parte de la eliminación definitiva del pecado,
    representada por la purificación del antiguo santuario judío en el día de la expiación. En el
    servicio simbólico, el Santuario se purificaba mediante la sangre de los sacrificios de animales,
    pero las cosas celestiales se purificaban mediante el perfecto sacrificio de la sangre de Jesús. El
    juicio investigador pone de manifiesto frente a las inteligencias celestiales quiénes de entre los
    muertos duermen en Cristo y por lo tanto se los considerará dignos, en él, de participar de la
    primera resurrección. También aclara quiénes están morando en Cristo entre los que viven,
    guardando los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, y por lo tanto estarán listos en él para
    ser trasladados a su reino eterno. Este juicio vindica la justicia de Dios al salvar a los que creen
    en Jesús. Declara que los que permanecieron leales a Dios recibirán el reino. La conclusión de
    este ministerio de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos
    antes de su segunda venida”. — Creencias de los adventistas del séptimo día, p. 348.
    ¿Por qué un Santuario?
    Everette W. Howell
    La razón dada por Dios para que su pueblo
    saliera de Egipto fue “que Israel pueda
    servirme” (Éxodo 4:23; 8:1, 20). La verdad
    acerca del plan de redención de Dios para
    su familia está representada para nosotros
    en los servicios del antiguo Santuario.
    El Santuario y su propósito
    El Santuario fue construido para que Dios…
    Habitara entre su pueblo (Éxodo
    25:8).
    Se reuniera con su pueblo (Éxodo
    29:42).
    Hablara a su pueblo (Éxodo 29:42).
    El deseo de Dios de mantener su divina
    presencia en la tierra, a pesar de la
    rebelión de sus hijos. La comunicación
    interrumpida cuando Adán y Eva pecaron
    en el Edén debe ser retomada. El plan de
    Dios era establecer en la tierra un real
    sacerdocio, una nación santa (Éxodo 19:6).
    Las divisiones del Santuario
    Dios es soberano y santo. “Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras
    esclavo” (Éxodo 20:1). “No tengas otros dioses además de mí” (vers. 3), “Sean santos, porque
    yo, el Señor su Dios, soy santo” (Levítico 19:1). “Consagra al pueblo *…+. Diles que laven sus
    ropas *…+. Pon un cerco alrededor del monte para que el pueblo no pase” (Éxodo 19:10-12).
    El pecado separa lo santo de lo impío y lo limpio de lo impuro. El Santuario fue diseñado para
    preservar la diferencia entre la santidad de Dios y la pecaminosidad del ser humano, y al
    mismo tiempo demostrar que Dios siempre estará en medio de sus ingratos hijos.
    Cada división del Santuario servía para una función diferente a fin de comunicar el plan
    divino de salvación a la humanidad caída.
    El Lugar Santísimo
    Aquí, la shekinah moraba en soledad, excepto cuando el sumo sacerdote entraba a ministrar
    en el día de la expiación, una vez al año. El mueble principal de este aposento era el arca del
    pacto, donde estaban guardados los Diez Mandamientos. En su cubierta, con la vista hacia
    abajo, había dos querubines. La parte de arriba de la cubierta era consideraba el trono de la
    misericordia, donde se manifestaba la presencia de Dios. Desde allí, la misericordia fluía hacia
    el pecador que confesaba su pecado cuando había quebrantado la ley de Dios (Éxodo 25:22).
    Era desde este trono de la misericordia que la gracia y la misericordia alcanzaban al pecador en
    el día de la expiación.
    El Lugar Santo
    Este departamento estaba separado del Lugar Santísimo por un velo. Solamente los sacerdotes
    ministraban aquí. La razón de esto era que el Lugar Santísimo representaba todo lo que es
    santo y celestial, mientras que el Lugar Santo simbolizaba a la humanidad y su dependencia de
    Dios para sobrevivir.
    En el Lugar Santo había tres muebles. La mesa de los panes de la proposición, en la cual se
    guardaban doce panes que se reemplazaban semanalmente. Simbolizaba la dependencia de la
    humanidad de Dios, para sostenerse y sobrevivir.
    En este compartimiento también estaba el altar del incienso. Mientras este se quemaba, el
    humo ascendía y se filtraba sobre el velo de separación, alcanzando el trono de la misericordia,
    donde se manifestaba la presencia de Dios, en el Lugar Santísimo. Representaba las oraciones
    y las peticiones de los pecadores arrepentidos alcanzando el trono de Dios, donde se mediaba
    por la reconciliación y el perdón.
    El candelabro de los siete brazos era el tercer mueble en el Lugar Santo. La llama original había
    sido prendida por Dios mismo. Esta llama se mantenía ardiendo de día y noche. Aunque había
    sido originada por Dios, tenía que ser atendida por el sacerdote, cuidando que nunca le faltara
    suficiente aceite y mecha para seguir ardiendo.
    La llama y su luz representaban la iglesia, que es comisionada por Dios para que brille en un
    mundo oscurecido por el pecado. El aceite representaba el Espíritu Santo, indispensable para
    que la iglesia se mantenga enfocada y brillando continuamente.
    El atrio exterior
    Esta sección era la única accesible para el pueblo en general. Allí había dos muebles. Uno era el
    altar del sacrificio, usado para quemar los animales sacrificados. El otro, la fuente de agua,
    usada por el sacerdote oficiante para lavarse antes de ministrar a favor del pueblo.
    A pesar de lo que estaba a la vista, de los ruidos y del olor que había en este lugar, las
    lecciones eran muy profundas. Aquí comenzaba la búsqueda de la redención por parte del
    pecador. A este lugar venía con un cordero sustituto ante el sacerdote oficiante, ponía su
    mano sobre la cabeza de la inocente víctima, confesaba sus pecados y, entonces, con sus
    propias manos quitaba la vida del sustituto. Después de participar tanto como pudiera, el
    sacerdote oficiante tomaba a su cargo el resto y con la sangre del inocente cordero procedía a
    la expiación a favor del pecador.
    Las grandes verdades
    Las verdades impartidas eran: 1) Que el pecado es sucio y desagrante. 2) Que el pecado debe
    de ser expiado. 3) Que el pecador necesita un sustituto. El pecador, aunque no es un
    observador ocioso en el proceso de su salvación, es totalmente dependiente de alguien que
    interceda en su favor. El sacrificio total de una vida es requerido para la remisión del pecado.
    El sumo sacerdote representaba a Cristo. El cordero inocente y sin mancha también
    representaba a Cristo, el completo sustituto del hombre. Cuando Juan vio a Cristo, anunció:
    “Aquí viene el Cordero de Dios” (Juan 1:36; ver Hebreos 9:13, 14).
    El día de la expiación puede ser considerado como el día más puro del año. Era un día de
    perdón. Todos los pecados que fueron confesados durante el año, simbólicamente eran
    transferidos al Santuario por el sacerdote. Hay un lapso de tiempo entre el momento de la
    confesión por parte del pecador y el acto final de Dios de transformar todo para bien en el
    trono de la misericordia. En el día de la expiación el altar del sacrificio y toda su cruenta
    actividad eran reconciliados en el trono de la misericordia. El día cuando el atrio y todo lo
    asociado con el pecado eran removidos del Santuario. El día más limpio del año, cuando
    nuevamente Dios podía decir: “Esto es bueno”. El día de la expiación simbolizaba el momento
    cuando Dios finalmente destruya el pecado, y los pecadores arrepentidos y redimidos sean los
    habitantes del restaurado paraíso. “Dios mismo estará con ellos será su Dios” (Apocalipsis
    21:3).
    El Santuario, como bien expresó Alexander Maclaren, “transmitió en forma material grandes
    verdades religiosas *…+. Señalaba hacia el completo cumplimiento de esas verdades en
    Jesucristo”.
    Everette W. Howell sirve como ministro en la Asociación del Este del Caribe de la Iglesia
    Adventista del Séptimo Día, en Barbados. Es autor del libro No Longer Afraid in the Valley of
    the Shadows [Ya no temo al valle de las sombras], publicado por esta editorial.
    El Santuario, lugar de compañerismo
    Javier de la Cruz
    La idea de un santuario para morar en medio de su pueblo provino de Dios mismo. “Me harán
    un Santuario para que yo habite entre ustedes” (Éxodo 25:8). Dios actuó como un padre que
    deseaba vivir con sus hijos. En verdad no necesitaba, como lugar de residencia, ni el
    tabernáculo ni el templo, construido mucho después. Su misma presencia en forma de una
    nube gloriosa se limitaba a una pequeña superficie sobre el propiciatorio del arca. 10
    Santuarios vivientes
    Dios es tan grande que no puede ser contenido por ninguna construcción, pero, a la vez, puede
    hacerse tan cercano y pequeño que habite en el corazón humano. El tabernáculo fue
    construido para asemejarse al cuerpo humano, a fin de enseñarnos que todo adorador a quien
    Dios santifica se vuelve un tabernáculo para la presencia de Dios.11 El apóstol Pablo escribió:
    “¿No saben que ustedes son templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? *…+.
    El templo de Dios es sagrado y ustedes son ese templo” (1 Corintios 3:16).
    Los comentaristas judíos comparan el arca del tabernáculo con el corazón humano. Así como
    de este órgano depende nuestra vida, la vitalidad del tabernáculo estaba en el arca que
    contenía la ley de Dios y sobre cuyo propiciatorio, entre los querubines, se asentaba la gloria
    divina.12
    Dios mismo prometió por medio de los profetas que en los último días haría con Israel un
    pacto renovado: “Pondré mis leyes en su mente y las escribiré en su corazón” (Hebreos 8:10).
    Este es el nuevo pacto que Jesús dijo que sellaría con su sangre: “Esta copa es el nuevo pacto
    en mi sangre que es derramada por ustedes” (Lucas 22:20). Israel comprende tanto a los judíos
    como a los gentiles que aceptan al Mesías y el pacto de Dios (Isaías 56:1-8).
    El Santuario tenía varias cortinas o cubiertas y dos velos: uno a la entrada del Lugar Santo y
    otro separaba el Lugar Santo del Santísimo. De acuerdo a un midrash o comentario judío, esas
    cortinas representan, en relación con el cuerpo humano, la piel de la persona.13 El autor de la
    epístola a los Hebreos, expositor y erudito de la ley, nos explica que tenemos “plena seguridad
    para entrar en el Santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este camino nuevo y vivo,
    inaugurado por él para nosotros, a través del velo, es decir de su propia carne” (Hebreos
    10:19-20, Biblia de Jerusalén).
    Compañerismo divino
    El santuario nos habla del compañerismo que Dios desea tener con cada uno de sus hijos. Si
    alguna vez nos sentimos solos es porque estamos olvidando o desconocemos cuán
    íntimamente Dios desea tratarnos. Para darnos una prueba de su amor, Dios vino al mundo en
    la persona de su Hijo, Jesucristo.
    10 Moshe Weissman, El Midrash Dice. Libro de Shemot (Buenos Aires: Nnei Sholem, 1996), p. 233.
    11 Midrash, p. 223.
    12 Ibíd.
    13 Ibíd.
    El verbo divino tomó la naturaleza humana, que, como una cortina o velo, cubrió la gloria de su
    divinidad “a fin de que pudiese acercarse a los hombres entristecidos y tentados”. Puso su
    tabernáculo en medio de nuestro campamento para familiarizarnos con su vida y carácter
    divinos. Desde que Jesús vino a vivir con nosotros, sabemos que Dios conoce nuestras pruebas
    y simpatiza con nuestros pesares; y que nuestro Creador es el amigo de los pecadores.14
    El costo del amor
    Cuando Dios mandó a hacer el tabernáculo, dijo a Moisés: “Ordénales a los israelitas que me
    traigan una ofrenda. La deben presentar todos lo que sientan deseo de traérmela” (Éxodo
    25:1). A fin de poder establecer una residencia humilde entre sus hijos terrenales se
    necesitaba una ofrenda. Esta consistía en materiales preciosos.
    Dios había bendecido a los israelitas al salir de Egipto, recibiendo muchas riquezas de sus
    antiguos amos. Dios no los sacó con las manos vacías. Ahora los que habrían de ser objeto de
    su misericordia podrían demostrar su generosidad dando una ofrenda de lo mucho que habían
    recibido de su mano. Ninguno resultaría empobrecido por dar esa ofrenda. Pero Di os solo
    podía aceptar la ofrenda de los que sentían el deseo de traerla. Dios presentó los costos del
    Santuario, pero la ofrenda generosa del pueblo habría de suplirlos.
    Así también la venida de Cristo a este tabernáculo humano, su encarnación, tuvo un cos to.
    Tomando forma de siervo, a pesar de ser Dios, no se aferró a su lugar divino; se vació a sí
    mismo y estuvo dispuesto a morir en una cruz a fin de salvar a los pecadores (Filipenses 2:5-8).
    Jesús hizo una ofrenda voluntaria que la Deidad no podía rechazar. Era la única ofrenda que
    redimiría a la raza caída.
    Desde la eternidad Dios consideró el costo de tu salvación y la mía. Él nos vio extraviarnos.
    ¡Nos vio elegir tantas veces el pecado y la desobediencia! Sin embargo, pacientemente nos
    llamó al arrepentimiento; nos atrajo con cuerdas de amor. La paga del pecado es la muerte
    (Romanos 6:23), pues la santa ley de Dios no podía ser violada impunemente. Entonces Jesús
    dijo: “A ti no te complacen sacrificios ni ofrendas; en su lugar me preparaste un cuerpo; no te
    agradaron ni holocaustos ni sacrificios por el pecado. Por eso dijo: ‘Aquí me tienes – como el
    libro dice de mí -. He venido, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:5-7).
    La ley y el tabernáculo contenían las figuras del verdadero sacrificio expiatorio. Aunque Dios
    mismo había ordenado los sacrificios, estos no eran el verdadero objeto de su complacencia.
    Dios no era en modo alguno calmado, ni necesitaba serlo en justo castigo contra el pecado,
    con sacrificios animales.
    Era Dios mismo quien expiaba los pecados del pueblo. Era Dios mismo quien reconciliaba a los
    pecadores consigo en virtud del sacrificio voluntario de Cristo. Dios se complació, no en el
    sufrimiento de su Hijo, sino en su entrega voluntaria y amorosa para salvar al ser humano de la
    paga del pecado: la muerte eterna.
    Junto al trono de Dios, en el Santuario celestial, los seres humanos tenemos un Amigo que se
    ofrendó para que podamos tener comunión con el cielo: Jesucristo hombre (1 Timoteo 2:5). Su
    14 Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 15.
    cuerpo humano fue dado en rescate, pero resucitó gloriosamente reteniendo la forma
    humana, con carne y huesos, no como un fantasma; pero, a la vez, no esta carne ni esta
    sangre, sino un cuerpo humano glorificado (Lucas 24:39; Filipenses 1:21).
    Jesús nos dará un cuerpo semejante al suyo para que vivamos en un mundo donde reinará la
    inmortalidad y el tabernáculo de Dios estará para siempre con nosotros, donde Dios mismo y
    el Cordero eterno serán un Templo (Apocalipsis 21:22). El Dios Todopoderoso hará de todo
    nuestro planeta un bello santuario.
    Javier de la Cruz es licenciado en Teología, egresado del Seminario Teológico Adventista de
    Cuba. Actualmente es director del ministerio “Relaciones Adventistas – Musulmanas en Cuba”.
    El Pueblo de la Profecía
    William H. Shea y Clifford Goldstein
    Aun utilizando las maderas más seleccionadas, los mejores ladrillos y el concurso de los más
    experimentados constructores, si el fundamento no es el apropiado, el edificio se vendrá
    abajo. De igual modo, si las bases son firmes pero el terreno no es sólido, la estructura
    también acabará desplomándose.
    Lo mismo sucede con el edificio que los adventistas construimos. Si la fecha de 1844 en que se
    fundamenta el mensaje del Santuario no es sólida, la edificación tampoco lo será. Gracias a
    Dios, nuestras bases no fueron hechas solo de cemento; están fijadas en la roca que es Cristo
    Jesús.
    Las 70 semanas
    Para establecer el comienzo del juicio previo a la segunda venida, la fecha de 1844 está
    encuadrada con el ministerio de Jesucristo. El capítulo noveno del libro de Daniel se centra en
    la profecía de las 70 semanas, que es la más importante y convincente predicción mesiánica de
    la Biblia. No obstante, esta crucial profecía es apenas parte de una predicción mayor que
    comprende el juicio investigador dentro de los 2,300 días. Si el juicio investigador no fuera
    decisivo, ¿Por qué razón el Señor lo entretejió de una manera imposible de separar de la
    importante profecía de las 70 semanas? ¡Para que nadie lo intente!
    ¿Será que necesitamos tanto depender de fechas? ¡Por supuesto que no! Sin embargo, la
    Biblia vincula la obra de Jesús en nuestro favor con fechas específicas. Más de 500 años antes
    de Cristo, Daniel [9:24-27] anticipó en forma precisa los años del comienzo del ministerio y de
    la crucifixión de Jesús.
    La profecía comienza con un período de tiempo, 70 semanas que serían determinadas sobre el
    pueblo de Daniel [en otras versiones, cortadas] y su ciudad santa, Jerusalén (vers. 24).15 La
    segunda referencia de esta profecía (vers. 25) presenta el punto de partida de las 70 semanas:
    “Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar Jerusalén
    hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas [sesenta y nueve
    semanas+”. ¿Cuándo entró en vigencia la orden para “restaurar y edificar Je rusalén”? Existen
    cuatro posibilidades (vea el cuadro).
    Texto Rey Fecha Hecho
    Esdras 1 Ciro 538 a.C.
    Regreso del pueblo.
    Reconstrucción del Templo.
    Esdras 6 Darío 520 a.C.
    Reafirma el decreto de Ciro cuyo propósito es
    reconstruir el Templo.
    Esdras 7 Artajerjes I 457 a.C.
    Regreso con Esdras.
    Autoridad de Esdras.
    Nehemías 2 Artajerjes I 444 a.C. Autoridad a Nehemías como gobernador de Judea.
    15 Para un estudio más profundo que fundamenta lo apropiado de la traducción “cortado”, lea “The
    Relationship Between th e Prophecies of Daniel 8 and 9”, The Sanctuary and the Aton emen t (Review and
    Herald, 1981).
    Los primeros dos decretos tuvieron que ver solo con la reconstrucción del Templo, cuya obra
    concluyó en el año 516/515 (Esdras 6:15-18). En consecuencia, no cumplen con los requisitos
    de la profecía.
    La tercera opción que aparece es la del capítulo 7. Allí figura la autorización que se le dio a
    Esdras para reconstruir la ciudad. ¿Cómo lo sabemos? Porque la gente que vivía en los
    alrededores de Jerusalén le escribió a Artajerjes lo siguiente: “Sea notorio al rey, que los judíos
    que subieron de ti a nosotros vinieron a Jerusalén; y edifican la ciudad rebelde y mala, y
    levantan los muros y reparan los fundamentos” (Esdras 4:12).
    Al decir los que “subieron de ti” es obvio que se están dirigiendo a Artajerjes, y lo hicieron con
    la finalidad de informarle que los judíos estaban reconstruyendo la “ciudad rebelde y mala”. El
    único decreto cuya autoría corresponde al que la Biblia menciona en el capítulo 7 (los capítulos
    en el libro de Esdras no están en orden cronológico), se dictó en el año séptimo de Artajerjes.
    (El decreto para Nehemías tenía la finalidad de darle continuidad y respaldo a la obra que ya
    había iniciado Esdras; de este modo se llevó a buen término).
    Por diversas fuentes antiguas, incluyendo un eclipse, sabemos que el padre de Artejerjes,
    Jerjes, fue asesinado durante el año 465 a.C. Esto quiere decir que el primer año oficial y
    completo de su reinado no comenzó hasta el siguiente año nuevo, primavera del 464 a.C., que
    – según el calendario judío que estaban utilizando entonces – el séptimo año de Artajerjes
    abarca desde el otoño (alrededor de septiembre/octubre) del año 458 a.C. hasta el otoño del
  17. En consecuencia, el punto de partida de las 70 semanas es el año 457 a.C.
    Además, desde el decreto para “restaurar y edificar a Jerusalén *457 a.C.+ hasta el Mesías
    Príncipe *Jesús+” habría 69 semanas. Si las 69 semanas hubiesen sido literales equivaldría a un
    año y cuatro meses. Si así hubiera sido, el Mesías debería haber venido el año 455 a.C.
    Obviamente, debe aplicarse el principio de día por año.16 Siendo equivalentes las 69 semanas a
    483 días (69 x 7), un día profético corresponde a un año del calendario, resultan 483 años. De
    este modo, desde la orden “para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe”
    tendrán que transcurrir 483 años, cómputo que nos traslada al año 27 d.C. (en los cálculos
    recuerde eliminar el año cero del calendario). En forma sorprendente, este fue el tiempo en
    que Jesús comenzó su ministerio terrenal.
    La última “semana”, equivalente a 7 años de la profecía, guarda relación con el sacrificio de Cristo (“en
    la mitad de la semana,” tres años y medio más tarde, el sería cortado). La relación de pacto existente
    hasta ese entonces entre Israel y el Señor debería acabar al fin del año 34 d.C. (Observe el gráfico).
    16 Para un estudio completo sobre el principio día por año, lea William Shea, Selected Studies on
    Prophetic Interpretation (General Conference of SDA, 1982).
    Los 2,300 días
    De este modo la profecía de las 70 semanas, que nos proporciona un punto de partida seguro,
    está basada literalmente en Jesús. Él es la certeza de que la profecía es verdadera. Además, la
    Biblia dice que es necesario cortar las 70 semanas (457 a.C. hasta el año 34 d.C.) ¿Cortarlas de
    dónde?
    La respuesta la encontramos en el capítulo precedente. Aquí deberíamos analizar
    cuidadosamente las dos palabras para “visión”: una, que indica toda la visión; y, la otra, una
    parte de la misma. “En el año tercero del reinado del rey Belsasar me apareció una visión
    [chazon+ a mí” (Daniel 8:1). En esta visión Daniel ve un carnero, después un macho cabrío,
    posteriormente un poderoso cuerno pequeño y por último, la visión concluye con la
    proclamación de las “dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado”
    (vers. 14).
    A Daniel se le explicó la visión. El carnero representa a Medo-Persia (vers. 20), el macho cabrío
    a Grecia (vers. 21), y el cuerno pequeño a una potencia perseguidora (vers. 23-25), obviamente
    el Imperio Romano. Sin embargo, a Daniel no le anticipó información en el sentido de que las
    2,300 tardes y mañanas son parte de la profecía. Gabriel, el ángel que le estaba impartiendo
    las interpretaciones, dijo: “La visión [mareh] de las tardes y mañanas que se ha referido es
    verdadera” (vers. 26). Daniel, no obstante, escribió: “Quedé espantado con la visión” [mareh]
    “y no la entendía” (vers. 27). El desconcierto residía en que a Daniel se la había explicado toda
    la visión del capítulo 8, salvo el asunto de la visión [mareh] de los 2,300 días.
    Gabriel reaparece en el capítulo 9: “Aún estaba hablando en oración, cuando el varón Gabriel a
    quien había visto en la visión al principio *…+ me hizo entender, y habló conmigo, diciendo:
    Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento” (Daniel 9:21, 22).
    Daniel hace referencia al mismo ángel que había visto en la visión [chazon] del capítulo 8.
    Recuerde que Gabriel dijo que había venido para darle sabiduría y entendimiento. Daniel
    necesitaba comprensión especial concerniente a la visión [mareh] de los 2,300 días.
    Gabriel le dijo entonces: “Al principio de tus ruegos fue dada la orden, y yo he venido para
    enseñártela, porque tú eres muy amado. Entiende, pues, la orden, y entiende la visión”
    [mareh] (vers. 23).
    ¿Qué mareh? La mareh (visión) de los 2,300 días que Daniel no entendió en el capítulo
    anterior. Aquí vuelve a figurar el ángel que actuó como intérprete en el capítulo 8. En aquella
    oportunidad Gabriel prometió concederle entendimiento, y según el registro bíblico, el último
    asunto que no pudo comprender fue la mareh (visión) de las 2,300 tardes y mañanas.
    Para que pueda entenderla, Gabriel hace referencia entonces en forma específica a aquella
    mareh (visión), motivo por el cual ahora le explica la profecía de las 70 semanas. En forma
    inequívoca, la visión del capítulo 9 está vinculada a la del capítulo 8.
    Además, ¿Qué tipo de profecía era la mareh (visión) del capítulo 8? Era una profecía de
    tiempo. En el capítulo 9, después que Gabriel le señaló a Daniel la mareh (visión), ¿Qué más le
    concedió? Otra profecía de tiempo: “setenta semanas están determinadas *cortadas+ sobre tu
    pueblo y sobre tu santa ciudad” (vers. 24). Obviamente, están cortadas de una parte mayor
    que es la profecía de las 2,300 tardes/mañanas que figura en el capítulo 8.
    Establecido el año 1844
    Con el año 457 a.C., punto de partida de las 70 semanas que son “cortadas” de la profecía de
    las 2,300 tardes y mañanas (otra vez se utiliza el principio de día por año), llegamos a 1844.
    Simplemente reste 2,300 años al 457 a.C. (recordando suprimir el año cero del calendario),
    llegará a la fecha establecida. También puede comenzar con el final de las 70 semanas (490
    La profecía más larga de la Biblia
    Artajerjes, rey de Persia, da la orden
    para restaurar y reedificar Jerusalén
    (Daniel 9:25; Esdras 6:1, 6-12)
    457 a.C.
    La reconstrucción y restauración de
    Jerusalén concluyó al fin de los
    primeros 49 años de la profecía de
    Daniel, en el 408 a.C. (Daniel 9:25)
    408 a.C.
    Jesús fue bautizado por el Espíritu
    Santo (Mateo 3:16; Hechos 10:38).
    Desde el 457 a.C. hasta el bautismo de
    Jesús transcurrieron 483 años.
    27 d.C.
    El Mesías Príncipe fue crucificado a la
    mitad de la semana, en el año 31 de
    nuestra era (Daniel 9:27; Mateo 27:50, 51)
    31 d.C.
    Con la mu erte de Esteb an, el evan gelio fue
    predicado a los gentiles (Daniel 9 :24;
    Hechos 7:54-56; 8:1). Desde el año 457 a.C.
    hasta el 34 d.C. transcurrieron 490 años.
    34 d.C.
    Al fin de los 2,300 años, en 1844, se
    inicia la purificación del Santuario
    celestial; es decir, la hora del juicio
    (Daniel 8:14; Apocalipsis 14:7).
    1844 d.C.
    “Es te pe ríodo profético, el más largo de la Biblia, había de extenderse, según la profecía de
    Daniel , desde ‘la salida de la palabra pa ra res taura r y e difi ca r a Je rusalén’ has ta la puri fi ca ción del
    Santuario. La orden de reedificar a Jerusalén se dio en 457 a.C. Setenta semanas (490 años)
    debían contarse para los judíos, y al fin de este período, en el año 34 de nuestra era, se principió
    a predicar el evangelio a los gentiles. Desde que comenzó el período, en 457 a.C., has ta el Mesías
    Príncipe, iba a haber 69 semanas (483 años). Precisamente en el momento predicho, en el otoño
    del 27 d.C., Jesús fue bauti zado en el Jordán por Juan el Bautista. Fue también ungido por el
    Espíri tu Santo, e ini ció su minis te rio público. ‘A la mi tad de la semana ’ (3 a ños y medi o más ta rde )
    el Mesías fue cortado. El período completo de los 2,300 días se extendía de 457 a.C. has ta 1844
    de nuestra e ra , cuando se ini ció e n el cielo el jui cio inves tigador” (El confli cto de los siglos , p. 374)
    2,300 años (o días proféticos)
    490 años 1810 años
    457
    a.C.
    408
    a.C.
    27
    d.C.
    31
    d.C.
    34
    d.C.
    1844
    d.C.
    años), que corresponden al año 34 d.C. a los que se le suman la diferencia entre los 2,300 y los
    1810 años. De este modo también llegará a 184417 (ver gráfico).
    Hay dos puntos que necesitamos reiterar. Primero, los 2,300 días están fundamentados en
    Jesús mismo. Segundo, como la profecía está tan inextricablemente vinculada a las 70
    semanas, los 2,300 días proféticos tienen que ser igualmente fundamentales.
    La profecía de las setenta semanas describe una etapa importante en el plan de salvación: la
    muerte de Cristo para expiar los pecados del mundo. Los 2,300 días representan otra etapa
    crucial del plan de la salvación: el juicio en el cielo previo a la segunda venida. Dichos
    acontecimientos, el sacrificio y el juicio, son parte de la misma profecía por cuanto ambos
    retratan tanto el ministerio de Cristo a favor nuestro, como “Cordero de Dios” (Juan 1:29); y
    segundo, su obra como Sumo Sacerdote en el Santuario celestial (Hebreos 9:11, 12).
    Ambas profecías están vinculadas indisolublemente por otra razón: La obra que Jesús hizo en
    la cruz por cada uno de nosotros es la que nos permite salir bien del juicio. En la presencia del
    Padre, Cristo actúa como nuestro abogado (1 Juan 2:1), ofreciendo su justicia a favor nuestro
    (Hebreos 9:24). Además de ser nuestro abogado es nuestro sustituto, nuestra certeza durante
    el proceso del juicio – que comenzó al final de los 2,300 días – únicamente por lo que logró
    durante las 70 semanas.18
    Por estas razones, la importancia de los 2,300 días no se puede separar de la que tienen las 70
    semanas. La obra que Cristo hizo en la cruz y el ministerio que está realizando en el juicio,
    nos afectan a cada uno en particular: sea que nos hayamos rendido a Jesús mediante la fe
    para ser justificados por su sangre, perdonados y purificados del pecado, o que
    comparezcamos sin sustituto en el día del juicio; sea que hayamos nacido por la fe de nuevo y
    por la fe hayamos sido renovados por el poder de Cristo que cambia nuestra vida, o que
    hayamos despreciado su poder santificador para “limpiarnos de todo pecado” (1 Juan 1:9); sea
    que por la fe nos hayamos puesto las vestiduras de su justicia o que estemos desnudos en la
    vergüenza de nuestra desnudez.
    Por último, la profecía de los 2,300 días es esencial por cuanto demuestra si verdaderamente
    hemos aceptado, por fe, el ministerio que Cristo realizó en nuestro favor durante las 70
    semanas.
    Si estamos en Cristo, estaremos confiados “en el día del juicio” (1 Juan 4:17). Que toda nuestra
    seguridad repose en Jesús, nuestro abogado y juez.
    (Este artículo fue publicado originalmente en Adventist Review. Se reproduce con la debida
    autorización).
    William H. Shea, doctor en Estudios del Cercano Oriente, fue profesor de Antiguo Testamento
    en el Seminario Teológico de la Universidad Andrews. Clifford Goldstein es autor de varios
    éxitos de librería, entre ellos El gran compromiso, Por sus llagas, y Ataque contra el Santísimo,
    todos publicados por APIA.

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