Resurse Spaniolă

19. LA APERTURA DEL LIBRO


Esta sección es un repaso de una parte del capítulo 3.


La apertura del pergamino de Apocalipsis 5 tiene que ver con eventos que ocurrirán después del milenio. En ese momento, el León de la tribu de Judá desenrollará el pergamino y les revelará a los impíos las razones por las cuales se perdieron y están fuera de la ciudad.
En El Conflicto de los Siglos, p. 646 Elena White describe vívidamente el gran juicio ante el trono blanco después del milenio. Todas las naciones estarán reunidas ante el tribunal supremo y el pergamino finalmente se abrirá ante todo el universo y toda lengua confesará y toda rodilla se doblará ante la supremacía de Jesús (El Conflicto de los Siglos, pp. 650, 651; vea Filipenses 2:5-11 y la relación que tiene con el gran panorama que se ve por encima de la ciudad). Isaías 45:23 de donde viene el lenguaje de Filipenses 2:9-11 presenta un contexto de juicio y un contraste entre el único Dios verdadero y los falso pretendientes.
En El Conflicto de los Siglos, p. 651, la muchedumbre vestida de blanco que esta ante del trono canta el himno de Apocalipsis 5:12. Luego, en El Conflicto de los Siglos, p. 657, toda criatura del universo cantará un himno dándole gloria y honor al Cordero (Apocalipsis 5:13). Este es el momento hacia el cual apuntaba Apocalipsis 5:12, 13 en la visión introductoria. Esta es la consumación hacia la cual apunta 1 Corintios 15:24-28.
Ahora debemos preguntarnos: ¿Que contenía el libro que estaba sellado con siete sellos? ¿Por qué hubiera sido tan catastrófico que no se presentara alguien digno de romper los sellos y de abrir el libro?
Es obvio que mientras los sellos quedan sin romper no se puede abrir el libro ni leer su contenido. El paralelo más similar es el del libro de Daniel 12:4 a donde la profecía de los 2300 días queda sellada hasta el tiempo del fin. Es decir, el contenido del libro no se podía comprender hasta que se le quitara el sello en el tiempo del fin.
El profeta Jeremías (capítulo 30) nos da información valiosa sobre la naturaleza del libro. El cuadro es el siguiente: Cuando Satanás venció a Adán, le robo la escritura de propiedad del mundo reclamándolo como suyo. Pero el Redentor (go’el) vino a la tierra para pagar el precio necesario para recuperar la escritura. El libro contiene la historia de la salvación en su plenitud y cuando finalmente se abra, el universo verá que Jesús y los redimidos tienen derecho a la herencia que fue usurpada por Satanás.
Varios eruditos han explicado lo que contiene el libro:
“Los arqueólogos han traído a la luz muchos documentos que tienen entre dos, siete o más sellos. Por ejemplo, la ley romana exigía que un testamento tuviera un mínimo de siete sellos de testigos para garantizar la validez de su contenido, aun cuando hay evidencia que en ciertas ocasiones se usaban más que siete sellos. Al igual que cualquier otro pergamino sellado de la época, al pergamino de Apocalipsis 5 se le ve enrollado, amarrado con cuerdas y sellado en su orilla exterior con sellos de cera a donde se encuentran los cabos de las cuerdas. Como tal, no se podía abrir ni revelar su contenido hasta que se rompiesen todos los siete sellos. El romper los siete sellos significa los pasos preliminares y preparatorios para el momento en que se abra el pergamino y se revele su contenido. Ranko Stefanovic, Revelation of Jesús Christ, p. 197, 198

“Según el Testamento del Pretorio, un testamento en la ley romana llevaba los siete sellos de los siete testigos en las cuerdas que aseguraban la tableta o el pergamino. (vea Smith, Dictionary of Greek and Roman Antiquities, p. 1117). Un Testamento tal no se podía ejecutar hasta que se rompiesen los siete sellos.” R. H. Charles, International Critical Commentary, volume 1, p. 137
“El objeto central, el pergamino con siete sellos, es un testamento, pues eso es precisamente lo que era un documento tal en la ley romana de la época de Juan. El panorama que vemos, pues, en la subdivisión de Apocalipsis 4:1 al 8:1 es el de un juzgado a donde está a punto de abrirse un testamento. En el contexto de Apocalipsis este testamento, por así decirlo, sería una escritura de propiedad, que el hombre perdió y que ha sido redimida por Cristo, el Cordero. De modo que el pergamino es un libro del destino. Abrirlo significaría heredar el reino de Dios, pero él no abrirlo significaría perderlo. Con razón Juan lloro cuando pensó que nadie podía abrir el libro.” Kenneth Strand, Interpreting the Book of Revelation, p. 55
Encuentro del Padre con el Hijo
La apertura del libro tiene que ver directamente con la ascensión de Jesús. Al entrar Jesús a la ciudad en su ascensión, los seres celestiales estaban cantando a voz en cuello, pero de repente cambió la escena:
“Pero con un ademán, el los detiene. Todavía no; no puede ahora recibir la corona de gloria y el manto real. Entra a la presencia de su Padre. Señala su cabeza herida, su costado traspasado, sus pies lacerados; alza sus manos que llevan la señal de los clavos [se está presentando como el cordero inmolado]. Presenta los trofeos de su triunfo; ofrece a Dios la gavilla de las primicias, aquellos que resucitaron con él como representantes de la gran multitud que saldrá de la tumba en ocasión de su segunda venida. Se acerca al Padre, ante quien hay regocijo por un solo pecador que se arrepiente. Desde antes que fueran echados los cimientos de la tierra, el Padre y el Hijo se habían unido en un pacto para redimir al hombre en caso de que fuese vencido por Satanás. Habían unido sus manos en un solemne compromiso de que Cristo seria fiador de la especie humana. Cristo había cumplido este compromiso. Cuando sobre la cruz exclamo: ‘Consumado es,’ se dirigió al Padre. El pacto había sido llevado plenamente a cabo. Ahora declara: Padre, consumado es. He hecho tu voluntad, oh Dios mío. He completado la obra de la redención. Si tu justicia está satisfecha, ‘aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo.’
Se oye entonces la voz de Dios proclamando que la justicia está satisfecha. Satanás esta vencido. Los hijos de Cristo, que trabajan y luchan en la tierra, son ‘aceptos en el Amado.’ Delante de los Ángeles celestiales y los representantes de los mundos que no cayeron, son declarados justificados. Donde el este, allí estará su iglesia. ‘La misericordia y la verdad se encontraron: la justicia y la paz se besaron.’ Los brazos del Padre rodean a su Hijo, y se da la orden: ‘Adórenlo todos los Ángeles de Dios.’
Con gozo inefable, los principados y las potestades reconocen la supremacía del Príncipe de la vida.
La hueste angélica se postra delante de él, mientras que el alegre clamor llena todos los atrios del cielo: ¡‘¡Digno es el Cordero que ha sido inmolado, de recibir el poder, y la riqueza, y la sabiduría, y la fortaleza, y la honra, y la gloria, y la bendición!’ (Apocalipsis 5:12)
Los cantos de triunfo se mezclan con la música de las arpas angelicales, hasta que el cielo parece rebosar de gozo y alabanza. El amor ha vencido. Lo que estaba perdido se ha hallado. El cielo repercute con voces que en armoniosos acentos proclaman: ‘Bendición, y honra y gloria y dominio al que está sentado sobre el trono, y al Cordero, por los siglos de los siglos.’” (Apocalipsis 5:13) El Deseado de Todas las Gentes, p. 772, 773
Se notará que la preocupación de Jesús era que su sacrificio fuera suficiente para llevar al cielo a todos sus hermanos. Es decir, la pasión de Jesús era que sus seguidores algún día fueran herederos con Él del reino que perdió Adán y recuperó Jesús. Esto es precisamente lo que revelará el contenido del libro cuando se abra después del milenio.

Elena White concordó con lo que escriben los eruditos en cuanto al contenido del libro, pero ella añade información muy valiosa. En la primera cita, la hermana White describe en términos generales lo que contiene el libro:
“Allí en su mano abierta está el libro, el pergamino que contiene la historia de los actos providenciales de Dios, la historia profética de las naciones y de la iglesia. El pergamino contiene las declaraciones divinas, Su autoridad, sus mandamientos, sus leyes, la plenitud del consejo simbólico del Eterno y la historia de todos los que gobernaron en las naciones. En lenguaje simbólico se halla en ese pergamino la influencia de cada nación, lengua y pueblo desde el principio de la historia hasta su final.” Manuscript Releases, volume 9, p. 7.
Pero Elena White también escribió otra cita a donde menciona un evento histórico específico que fue escrito en el libro. Cuando los judíos escogieron a Barrabás y a César en lugar de Jesús, su decisión fue inscrita en el libro:
“Así hicieron su elección los dirigentes judíos. Su decisión fue registrada en el libro que Juan vio en la mano de Aquel que se sienta en el trono, el libro que ningún hombre podía abrir. Con todo su carácter vindicativo [‘vindictiveness’ = carácter vengativo o retributivo] aparecerá esta decisión delante de ellos en aquel día cuando el León de la Tribu de Judá le quite el sello.” Palabras de Vida del Gran Maestro, p. 236.
Hay que recalcar varios puntos en esta cita que escribió la hermana White alrededor del año 1900:
 El libro no había sido abierto aun cuando Elena White escribió esta cita alrededor del año 1900.
 Los que clamaron ‘suéltanos a Barrabas’ y ‘no tenemos más rey que Cesar’ estarán vivos cuando se abra el libro pues verán el resultado de su decisión. ¡Esto significa que tendrán que resucitar!
 Los impíos resucitarán en la segunda resurrección después del milenio así que el libro se abrirá después del milenio.

Elena White describió el momento en que se abrirá el libro después del milenio y se verá en visión panorámica toda la historia del planeta y las decisiones que cada individuo tomo:
“Por encima del trono se destaca la cruz; y como en vista panorámica [en alta definición] aparecen las escenas de la tentación, la caída de Adán y los pasos sucesivos del gran plan de redención. El humilde nacimiento del Salvador; su juventud pasada en la sencillez y en la obediencia; su bautismo en el Jordán; el ayuno y la tentación en el desierto; su ministerio público, que reveló a los hombres las bendiciones más preciosas del cielo; los días repletos de obras de amor y misericordia, y las noches pasadas en oración y vigilia en la soledad de los montes; las conspiraciones de la envidia, del odio y de la malicia con que se recompensaron sus beneficios; la terrible y misteriosa agonía en Getsemaní, bajo el peso anonadador de los pecados de todo el mundo; la traición que le entregó en manos de la turba asesina; los terribles acontecimientos de esa noche de horror -el preso resignado y olvidado de sus discípulos más amados, arrastrado brutalmente por las calles de Jerusalén; el hijo de Dios presentado con visos de triunfo ante Anás, obligado a comparecer en el palacio del sumo sacerdote, en el pretorio de Pilato, ante el cobarde y cruel Herodes; ridiculizado, insultado, atormentado y condenado a muerte- todo eso está representado a lo vivo.
Luego, ante las multitudes agitadas, se reproducen las escenas finales: el paciente Varón de dolores pisando el sendero del Calvario; el Príncipe del cielo colgado de la cruz; los sacerdotes altaneros y el populacho escarnecedor ridiculizando la agonía de su muerte; la obscuridad sobrenatural; el temblor de la tierra, las rocas destrozadas y los sepulcros abiertos que señalaron el momento en que expiró el Redentor del mundo.
La escena terrible se presenta con toda exactitud. Satanás, sus ángeles y sus súbditos no pueden apartar los ojos del cuadro que representa su propia obra. Cada actor recuerda el papel que desempeñó. Herodes, el que mató a los niños inocentes de Belén para hacer morir al Rey de Israel; la innoble Herodías, sobre cuya conciencia pesa la sangre de Juan el Bautista; el débil Pilato, esclavo de las circunstancias; los soldados escarnecedores; los sacerdotes y gobernantes, y la muchedumbre enloquecida que gritaba: “¡Recaiga su sangre sobre nosotros, y sobre nuestros hijos!” -todos contemplan la enormidad de su culpa. En vano procuran esconderse ante la divina majestad de su presencia que sobrepuja el resplandor del sol, mientras que los redimidos echan sus coronas a los pies del Salvador, exclamando: “¡El murió por mí!”
Entre la multitud de los rescatados están los apóstoles de Cristo, el heroico Pablo, el ardiente Pedro, el amado y amoroso Juan y sus hermanos de corazón leal, y con ellos la inmensa hueste de los mártires; mientras que fuera de los muros, con todo lo que es vil y abominable, se encuentran aquellos que los persiguieron, encarcelaron y mataron. Allí está Nerón, monstruo de crueldad y de vicios, y puede ver la alegría y el triunfo de aquellos a quienes torturó, y cuya dolorosa angustia le proporcionara deleite satánico. Su madre está allí para ser testigo de los resultados de su propia obra; para ver cómo los malos rasgos de carácter transmitidos a su hijo y las pasiones fomentadas y desarrolladas por la influencia y el ejemplo de ella, produjeron crímenes que horrorizaron al mundo.
Allí hay sacerdotes y prelados papistas, que dijeron ser los embajadores de Cristo y que no obstante emplearon instrumentos de suplicio, calabozos y hogueras para dominar las conciencias de su pueblo. Allí están los orgullosos pontífices que se ensalzaron por encima de Dios y que pretendieron alterar la ley del Altísimo. Aquellos así llamados padres de la iglesia tienen que rendir a Dios una cuenta de la que bien quisieran librarse. Demasiado tarde ven que el Omnisciente es celoso de su ley y que no tendrá por inocente al culpable de violarla. Comprenden entonces que Cristo identifica sus intereses con los de su pueblo perseguido, y sienten la fuerza de sus propias palabras: “En cuanto lo hicisteis a uno de los más pequeños de estos mis hermanos, a mí lo hicisteis.” (S. Mateo 25: 40 V.M.) El Conflicto de los Siglos, pp. 724-726.

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